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COMENZANDO UN NUEVO SIGLO
Manuel Lucas Matheu
“Más que en ningún otro momento de la historia la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta; el otro a la extinción total. Quiera Dios que tengamos la sabiduría de elegir correctamente”.Woody Allen
Cuando un año termina, todos de una u otra forma hacemos algún tipo de balance. Hace dos años terminó un siglo y terminó un milenio. Por eso, cuando menos, hemos de reflexionar sobre lo que ha significado el ya pasado siglo XX para la humanidad. Y hemos de hacerlo, para planificar mucho mejor el futuro. Siempre los análisis suelen ser bastante subjetivos y bastante sesgados por las ideas, por las vivencias, por las circunstancias y por el carácter de cada uno de nosotros. Incluso la propia visión individual puede ser amplia y variada, y podremos situarla dentro de un espectro de colores más o menos pesimistas (como la de Woody Allen) u optimistas, más o menos ácidos, y más o menos benévolos. Pero esto es inevitable, y por tanto ya cuento con ello cuando hago mi propio análisis, y comprendo que puede ser muy diferente de otros.
Desde esta reflexión previa yo veo este siglo pasado -del cual he tenido la oportunidad de vivir la mitad- como un siglo lleno de luces y sombras, pero mucho más pronunciadas e intensas ambas que en otros siglos anteriores. Por ejemplo, los avances de los derechos humanos han sido importantísimos, pero a la vez las violaciones de estos derechos han sido mucho mas terribles, tanto cuantitativamente, como cualitativamente, que en otras épocas. Solo tenemos que recordar los 35 millones de muertos en la segunda guerra mundial y los 6 millones de judíos asesinados en los campos de concentración nazis. En estos últimos 100 años se han producido los mayores avances tecnológicos y científicos que ha conseguido la humanidad, pero también estos avances han sido utilizados en demasiadas ocasiones con fines bélicos. Recordemos Hirosima y Nagasaki. Y también estos avances tecnológicos están produciendo demasiados deterioros en el ecosistema, de difícil evaluación tanto de su trascendencia actual como futura. Hemos logrado vencer numerosas enfermedades, incluso algunas como la viruela, han sido totalmente erradicadas en el mundo. Pero otras como el cáncer siguen siendo un grave problema de salud que no hemos sido capaces de solucionar. Y por otro lado, han aparecido nuevas plagas, como el sida, que están asolando los países más pobres. Y en el futuro nos amenazan nuevas enfermedades, como el ébola o el síndrome de las vacas locas, que mucho me temo, que acabarán afectando como siempre a los más débiles.
Y hablando de los más débiles. El problema de futuro más grave que la humanidad afronta en este nuevo siglo es el abismo social y económico, entre países ricos y pobres, y dentro de los mismos países entre individuos ricos e individuos pobres. Y lo más preocupante es que lejos de atisbarse vías de solución, el problema se ha ido agrandando de forma alarmante en los últimos años, con la globalización económica y el triunfo generalizado de las políticas neoliberales. Y las consecuencias, que hasta hace poco las veíamos desde lejos, y a veces nos amargaban la comida a través de los informativos de televisión, ahora las vivimos o las viviremos más de cerca, como ocurre en Almería, que se ha convertido en uno de los puntos más conflictivos de esa terrible frontera entre dos mundos geográficamente cercanos, pero social y económicamente tremendamente alejados. Dos mundos que sumados estructuran un mundo inviable.
Inviable y lleno de obscuros nubarrones si no le ponemos remedio, y no nos comenzamos a cuestionar seriamente el modelo neoliberal que ha sido casi una religión universal e indiscutible desde la caída del muro de Berlín. Y que ha hecho posible que las tres personas mas ricas del mundo sean dueñas de un capital equivalente al PIB de los cuarenta países más pobres. O que en los últimos veinte años el 20% de los más ricos sean cuatro veces más ricos, y el 20% de los más pobres sean cuatro veces más pobres. O paramos esta demencial progresión geométrica hacia la desigualdad, o al final todos acabaremos sufriéndolo de una u otra forma.
Otro importante reto del siglo XXI es cómo afrontaremos los efectos de una cultura cada vez más claustrofílica y aislante, que para un ser humano que esencialmente necesita mucho más que otros seres vivos, contacto y afectividad, puede producir graves consecuencias. De estas consecuencias estamos siendo ya testigos, con un importante aumento de la agresividad grupal e interpersonal. Creo que esto último es tan notorio, que no es necesario poner ejemplos. En definitiva, el homo sapiens-amantis del paleolítico, al enfrentarse al principio de realidad, es decir, a la escasez y a la miseria, fue convirtiéndose en mucho más homo sapiens-demens, como gusta definirnos al antropólogo Edgar Morin. Y esto ha sido mucho más acusado en el siglo XX, en el cual los avances tecnológicos han ido mucho más allá que los avances en la madurez psicológica y ética de los seres humanos. O el homo amantis vuelve a recuperar terreno frente al homo demens, y la afectividad y la solidaridad impregnan al ser humano del siglo XXI, o las futuras generaciones vivirán, si es que viven, en un mundo insoportable, en el cual se hará cada vez más patente lo que se dijo (entre otras cosas, a cual de ellas más inquietantes) en una mesa redonda sobre “Tecnología y trabajo en la economía global”, organizada por John Gage, alto ejecutivo de la empresa informática norteamericana Sun Microsystems: en el futuro, la cuestión será “to have lunch or be lunch”, comer o ser comido. De todas formas yo soy de los que creo que las razones de nuestro éxito evolutivo de antaño, pueden ser las mismas razones, para que el punto de inflexión en el que nos encontramos en la actualidad, se resuelva a nuestro favor. Pero para ello es necesario que la tecnología sea ampliamente complementada por la afectividad, y la locura consumista, por la solidaridad. Y esto, si queremos, somos totalmente capaces de hacerlo. Es el gran reto de la humanidad del siglo XXI
MANUEL LUCAS MATHEU

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